La Cuna de Taialà: El Aroma a Sofrito de Montserrat Fontané

Para entender la esencia despojada de artificios de Joan Roca, es imperativo situarse en el barrio obrero de Taialà, en Girona, en la cocina de Can Roca. Fundado por sus padres Josep Roca y Montserrat Fontané en 1967, aquel bar de menús diarios no era un templo de gourmets exquisitos, sino el refugio cotidiano de albañiles, camioneros y familias trabajadoras. Allí, Joan y sus hermanos crecieron haciendo los deberes escolares en una mesa de fórmica rincón mientras su madre preparaba canelones, arroces a la cazuela y calamares a la romana.
Montserrat Fontané inculcó en Joan la lección primordial de su vida: la cocina es un acto de generosidad que debe alimentar el alma antes que la vanidad. De ella aprendió el valor del sofrito lento —ese concentrado de cebolla oscura cocinada durante horas hasta adquirir tonos azabache— y la sabiduría intuitiva de escuchar el crepitar de la cazuela. Mientras otros jóvenes cocineros soñaban con emular los manuales franceses, Joan comprendió que la memoria gustativa de las comidas familiares constituía un tesoro inagotable sobre el que levantar toda su obra.
Aquella infancia impregnada de aromas a caldo y café recién hecho modeló una personalidad afable, desprovista de la soberbia que suele acechar a las estrellas de la restauración. Joan aprendió a pelar patatas con presteza y a tirar cañas de cerveza con la misma naturalidad con la que más tarde manejaría el instrumental de laboratorio. Can Roca fue para los tres hermanos un ancla indestructible con la realidad, un recordatorio perpetuo de que los mayores galardones gastronómicos carecen de valor si se pierde el contacto con la dignidad de la comida cotidiana y el respeto al vecino que cruza la puerta buscando sustento.











