La Escuela del Carbón: El Bodegón Alejandro de la Parte Vieja

Para comprender el torrente de energía incombustible de Martín Berasategui hay que descender las empinadas escaleras de piedra que llevaban al sótano del Bodegón Alejandro, en el corazón bullicioso de la calle Fermín Calbetón de San Sebastián. En aquel mesón de mesas corridas, su padre —el recordado Martín—, su madre Gabriela y su tía María daban de comer a diario a cuadrillas enteras de remeros, pescadores del puerto y cuadrillas de la Parte Vieja. Aquello no era un refinado laboratorio gastronómico; era una trinchera humana donde el carbón de encina ardía a mil grados, el sudor empapaba las chaquetillas de algodón y el ritmo de las comandas no concedía ni un segundo de tregua.
Con apenas trece años, Martín decidió dejar los estudios para entregarse en cuerpo y alma a aquellos fogones. Dormía en la misma casa, se levantaba a las cinco de la mañana para limpiar chipirones y pelar sacos enteros de patatas, y aprendió la lección más importante de su vida: en la cocina no hay atajos. Fue allí donde forjó su carácter generoso, su devoción casi filial por sus clientes y esa humildad innata que hoy, tras conquistar doce estrellas Michelin, sigue intacta cuando saluda a cada visitante con dos besos y un abrazo sincero.
Aquel aprendizaje a pie de horno forjó en Berasategui un respeto casi místico por la estacionalidad de las capturas del Cantábrico y las verduras de la huerta guipuzcoana. Cada mañana acompañaba a su madre a la Brecha para regatear con las pescateras las merluzas de anzuelo más tersas y los chipirones de potera transparentes. El Bodegón fue su universidad vital y moral, un espacio sagrado donde comprendió que antes de inventar geometrías vanguardistas, un cocinero debe dominar el punto del fuego, el sofrito paciente y el calor honesto que reconforta el alma de los comensales.











